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martes, agosto 28, 2007

EL FIN DE LA GUERRA DE LAS BANDERAS.


En el último episodio de ese más tira que afloja, entre los nacionalistas y el Estado de derecho, que supone la llamada guerra de las banderas, la mayoría de los medios de comunicación han pasado por alto un detalle más grave, si cabe, que la tomadura de pelo que supone colocar solamente veinte minutos la bandera española en el ayuntamiento de Bilbao: nuestra bandera nacional no ocupaba el lugar preeminente y de máximo honor, tal y como establece en sus artículos tercero y sexto la Ley 39/1981, de 28 de octubre, por la que se regula el uso de la bandera de España y el de otras banderas y enseñas; quedando, por su posición, subordinada a la ikurriña.

Dicho conflicto, creado solamente por los independentistas, dura ya casi 30 años. Tiempo excesivo sin que ninguno de los gobiernos que hemos tenido, hasta la fecha, haya hecho lo suficiente para solucionarlo; dejando pasar el tiempo por un oportunismo político que, a cada día que pasa, hace más difícil su solución.

Las consecuencias principales de esta situación son dos: por un lado, la posición de fuerza que se está dejando tomar a los nacionalistas, que les permite avanzar en la destrucción de la Constitución y de la Nación española, y por otro, la pérdida de la confianza de los españoles en el Estado de derecho, al ver día a día como éste, por ése y otros asuntos, es incapaz de garantizar sus derechos e imponer sus obligaciones a todos los ciudadanos, lo que, a la larga, se traducirá en el descrédito del sistema democrático, que ya se vislumbra por el continuo incremento de la abstención electoral, y que podría traer nuevas formas de populismo totalitario.

Cuando el 16 de mayo un estudiante español, junto a otros compañeros, fue detenido
por robo y ultraje a la bandera letona, a muchos les pareció excesiva la pena de hasta 6 años de cárcel con la que podía pagar su gamberrada. Probablemente, lo único que pretendían era llevarse un recuerdo de su viaje, un souvenir, más original que unas toallas sustraídas en un hotel. Y estoy seguro, de que, alguien que pertenece a una generación que no ha sido educada en el respeto a los símbolos nacionales, desconocía la gravedad de su delito: ultrajar un símbolo nacional equivale al ultraje de la propia Nación.

Si a los responsables de cualquier organismo oficial, que intencionadamente no colocan nuestra bandera nacional, la de todos, tal y como marca la ley, se les acusara de ultraje a la bandera, se les mandara unos cuantos años a la cárcel y se les inhabilitara de por vida para un cargo público, se terminaría la guerra de las banderas.


Por cierto, si piensan que este problema es exclusivo de las regiones gobernadas por los nacionalistas, les invito a que se den un paseo por Almuñécar (Granada) donde, además de dos instalaciones deportivas municipales, podrán ver un centro de salud, dependiente de la Junta de Andalucía, gobernada por el PSOE, en los que la única bandera que ondea al viento, en contra de lo que establece el
art. 4 de la Constitución española, es: la de Andalucía.

miércoles, febrero 14, 2007

REFORMA DEL ESTATUTO DE ANDALUCÍA: ¿HAS LEÍDO LA LETRA PEQUEÑA?


El próximo día 18 de febrero los andaluces estamos llamados a refrendar, o NO, la reforma del Estatuto de Andalucía. Una reforma alumbrada por una gran parte de nuestra clase política, a pesar de carecer de demanda social. Una clase política que, aunque segura de la victoria del sí, y por si acaso, ha evitado cualquier debate serio que permita acercar el contenido de esta reforma al resto de los mortales. Por eso, hoy por hoy, la única información de que disponemos, aparte de la que podemos extraer de la lectura del susodicho estatuto (de pésima redacción por cierto), son los folletos de propaganda electoral que hemos recibido en nuestras casas.

Por ejemplo, en uno de estos el Sr. Chaves nos lo vende como el mejor de los estatutos posibles, porque garantiza y mejora todos los aspectos de la vida cotidiana de los andaluces, potencia el desarrollo económico de nuestra región y aumenta el autogobierno de Andalucía; y, por supuesto, es constitucional y baluarte de la unidad de España. En otro, el Sr. Arenas afirma que en el nuevo estatuto se reflejan los principios y convicciones de los populares, y se defiende la libertad, solidaridad e igualdad de todos los españoles, incluida la unidad de España.

Presentado así, ¿quién podría votar en contra?; y, precisamente, ahí radica el problema. Porque para poder votar libremente no solamente se necesita una papeleta y una urna, hace falta lo más importante: conocer con profundidad su contenido.

A medida que uno escarba un poco, descubre que este estatuto es inconstitucional, laicista e intervencionista, no sólo en lo económico, sino que pretende controlar aspectos de la vida social y derechos fundamentales de la persona, de la familia y de las instituciones jurídicas que los amparan. Algo muy lógico, ya que entre sus progenitores se encuentra el PSOE pero, sorprendente viniendo del PP, que aunque hace tiempo abandonó el humanismo cristiano, se sigue presentando como modelo de liberalismo. Juntos han alumbrado un estatuto que NO respeta la subsidiariedad entre las regiones españolas; que NO apuesta por la vida al abrir las puertas de la eutanasia y no aportar soluciones al grave problema del Aborto; que NO ayuda a la familia al no mencionar al matrimonio, mientras protege las uniones homosexuales y parejas de hecho; y que NO garantiza la libertad de educación al implantar el laicismo en la escuela, al impedir la libre elección de centro por los padres y al introducir la ideología de género en la escuela.

Además, el Sr. Arenas no ha tenido tiempo de explicarnos por qué el estatuto catalán es inconstitucional y este NO, a pesar de ser en muchos aspectos un calco del primero. Bueno, y mejor no preguntarle por la ilegalidad de su convocatoria, realizada por un presidente autonómico y no por el Jefe del Estado y el Gobierno nacional, como indica la Constitución.

Y no nos olvidemos de su falaz realidad nacional, todo un paso de gigante hacia la confederación de estados, tan añorada por Zapatero. Tiempo al tiempo, bastará con la pérdida de la mayoría absoluta para caer en manos del PA, un partido nacionalista que ya ha mostrado sus cartas: .

En definitiva, demasiado poder en manos de una clase política ávida de poder, incapaz de moverse si no es para alcanzar su propio interés y siempre jugando al escondite con su obligación de buscar el bien común. Un auténtico avance hacia un totalitarismo de estado, disimulado con una seudo-democracia con votaciones cada cuatro años.

Visto lo visto, yo NO tengo dudas de lo que tengo que votar el próximo día 18, espero que, tras esta revisión crítica del estatuto, ustedes tampoco. Así que, luego no se quejen si optan por quedarse en casita o se marchan a disfrutar de un maravilloso día de playa.

jueves, noviembre 02, 2006

LA IRREALIDAD NACIONAL ANDALUZA.






El Congreso de los Diputados ha decidido mayoritariamente, con el inestimable apoyo del PP, que Andalucía es una “realidad nacional”; la base “sólida” para esta definición la han encontrado en el Manifiesto andalucista de Córdoba, que describió a Andalucía como “realidad nacional” en 1919; pero el gran logro, según los populares, es haber introducido una frase que, a forma de salvaguarda de la unidad nacional, reconoce a Andalucía como una nacionalidad en el marco de la unidad indisoluble de la nación española.

La argumentación de Blas Infante era que Andalucía había sido una nación, principalmente, durante la época de al-Andalus; pero, en realidad, la extensión de al-Andalus no se correspondía con la de nuestra región, sino con toda la parte de la península que llegó a estar bajo poder musulmán. Además los firmantes del Manifiesto de Córdoba no se representaban más que así mismos, ya que no fueron designados (democráticamente) como representantes de los andaluces.

Por otro lado, el simple hecho de que un grupo de personas decidan que Andalucía es una “realidad nacional”, ahora y en 1919, no hace de nuestra región una nación; pues la realidad es bien distinta, ya que Andalucía es fruto de la división provincial, ideada en 1833, por Javier de Burgos; y su extensión abarca tanto el antiguo reino de Granada como parte de Castilla la Novísima.


La única realidad nacional que existe en España es ella misma. Una España que nace de la unión de los reinos de Castilla y Aragón, por el matrimonio de los Reyes Católicos (1469), con el único fin de recuperar el reino Hispanicus, a la que siguieron la reconquista de Granada (1492) y la posterior incorporación de Navarra (1512), por aprobación de sus propias cortes. También comenzaron una política matrimonial con Portugal que culminó cuando Felipe II de España subió a su trono (1580), uniendo por última vez toda la península ibérica. Como dijera el filósofo Julián Marías, (…) ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de esta palabra.

Si Arenas conociera en profundidad el Manifiesto de 1919 se habría dado cuenta de su
carácter independentista y, por otro lado, su coletilla no es garantía de nada; del mismo modo que la Constitución de 1978, a pesar de avalar la unidad de España, no es suficiente para frenar esta orgía nacionalista que nos está disgregando.

Lo que está claro es que, esta, es una más de las aportaciones del PP, entre tantas otras, al desmantelamiento nacional a medio y corto plazo; por lo que les rogaría que se quitaran, de una vez, la careta españolista y dejaran de insistir en su falso patriotismo constitucional.

Andalucía no necesita ser “realidad nacional” para no ser menos que otras regiones como, por ejemplo, la catalana. Lo que realmente necesita son buenos gestores que la saquen de su atraso económico, social y cultural; pero para esto necesita reafirmarse en su españolidad y luchar contra unos nacionalismos insolidarios, que están acaparando progresivamente la mayor parte de los recursos económicos españoles; y, que, acabarán condenando a Andalucía a no poder levantar cabeza: por mucha “realidad nacional” que sea.
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