
Mientras no sintamos como nuestros tanto el río Genil como el Magre Valenciano, el Parque nacional de Doñana como la sierra de Leyre en Navarra, los olivares como las parras de vid de Vascongadas, el puerto de Málaga como el del Ferrol, el Flamenco como la Seguidilla de Castilla la Mancha, a Ángel Ganivet como al asturiano Leopoldo Alas Clarín, a Alonso Cano como al catalán Antonio Gaudí, y, si me permiten el atrevimiento, sentirse tan orgullosos por derrotar al ejercito de Napoleón en Bailen como por la heroica sublevación del pueblo de Madrid el 2 de mayo de 1808, frente al mismo invasor, no nos podremos sentir realmente orgullosos de ser andaluces.
Andalucía tiene dos opciones, o ser grande haciendo grande a España, contribuyendo a la igualdad en derechos y obligaciones de todos los españoles y haciendo solidarias todas sus regiones o, por el contrario, ser pequeña y sin posibilidades de futuro, si se deja arrastrar por los ejemplos de los nacionalismos excluyentes.
España se ha dejado seducir por falsos nacionalismos que han herido de muerte su ser y su proyecto común; tal vez Andalucía que, por su falta de recursos, es la que más tiene que perder, debiera capitanear la recuperación de ese ser y ese proyecto.